Import/Export de Ulrich Seidl

El cineasta chileno Silvio Caiozzi (Coronación, 1999; Cachimba 2004), respondía en una entrevista una pregunta que interrogaba acerca de cuál era su posicionamiento al mirar una película. No dudaba estar ante una película buena cuando se alejaba de su lugar de director y de sus conociemientos técnicos, no abordaba la película, sino que se sentía abordada por ella.

Cuando estamos sentados y vemos que la mayoría de las imágenes se corresponden con aquello que esperamos ver de una película, sabemos que luego será el momento para conjeturas y valoraciones acerca de la obra, su enfoque, etc. Y este es el caso de Import/Export, la segunda película de ficción del austríaco Ulrich Seidl que es actuada por actores no profesionales.

El relato se da entre dos historias paralelas que no se cruzan de hecho, pero que sin embargo tienen todo en común. Los protagonistas de las historias son jóvenes europeos, inmersos en una problemática económica que los obliga a emigrar, en la crudeza del invierno, a donde se pueda sobrevivir mejor. Son dos caras de la misma moneda, ambos están arrojados a la hostilidad del mundo, y en realidad poco importa qué parte de su vida se esté contando, la narración y su firmeza pasa, por un lado, por cómo está construido el dramatismo desde la imagen y su fotografía. La composición de cada cuadro es obsesivamente simétrica, son impecables los encuadres y cómo trata el espacio en locaciones interiores. Y por otro lado, por lo estrictamente verosímil de las situaciones, resultado de trabajar con no-actores y con lugares todos reales. (El geríatrico, bares, edificios, etc.)

Si bien la historia se da en la particularidad, cada una dice mucho más de lo que muestra. Las situaciones cotidianas se trascienden a ellas mismas, hablándonos de realidades sociales y de una Europa oculta. No es esta la Europa de las grandes ciudades y las calles relucientes de limpias. Es una Europa que suele estar tapada de basura, que carece de gas en invierno y que trata cruelmente a los trabajadores. Es una Europa de subsuelo.

Por eso resulta muy interesante ver (rescato que hay muchas películas que hablan sobre esto) a Europa mirándose a sí misma. No colocando la barbarie afuera (como fue hecho desde hace 500 años), sino reconociéndola en su propio seno y corriéndose de su trono. Las categorías de primer mundo y tercer mundo ya dejan de ser válidas (aunque a esta altura resulte obvio), y muestra que la realidad es mucho más compleja.

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